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La boda de hoy, la de Daniela y Miquel te la cuento en imágenes al revés, o más bien, te la cuento a pequeños saltos. Será la propia Daniela, escritora, quien le pondrá palabras al porqué más adelante. He querido empezar el post con esta foto de ellos agarrados de la mano, ya marido y mujer, caminado felices entre sus invitados y bajo un cielo radiante. Una ceremonia que tuvo lugar en un lugar mágico, el Jardín Botánico Marimurtra, en Blanes, con el Mediterráneo de fondo y que fue seguida con un almuerzo al aire libre; con sus 120 metros de guirnaldas hechas con todo el cariño por ellos mismos y las mesas sembradas de libros antiguos de Miquel -unos 200-, combinados con plantas mediterráneas… Y cerramos con fotos del día anterior, entrelazadas en el texto de Daniella contándonos todo lo que sucedió ese sábado que debería haber sido su día B: el 14 de junio de 2014, con su gran luna llena. Y aunque el durante fue un poco caótico, el final parece de lo más feliz. Ah, que no se me olvide: el vestido de Daniella es de YolanCris, sus zapatos de Gula, la peinó David Contreras (Blanes), su ramo era de Mitre & Mandri flors; Miquel iba informal pero con pajarita (¡bravo!) de El Ganso. Las fotos, de Pep Salvat, de The Visual Partners

Yo te dejo ya con las imágenes y el texto. Espero que esta historia te guste tanto como a mí…

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Y aquí es donde le cedo la palabra a la novia, Daniela, para que nos cuente su/s día/s B:

“Por la mañana, mientras tomaba el sol en la playa con mis amigas y mi mamá, empecé a notar como nubes gigantes se arremolinaban en el cielo y sobre el acantilado donde nos íbamos a casar. Sería algo pasajero, pensé, pero no fue así.

A medida que pasaban las horas el cielo se ponía peor y peor. La lluvia empezó cuando ya estaba en la peluquería. Cuando elegimos el Jardín Botánico de Blanes sabíamos que no había zonas cubiertas y que una tormenta podría arruinar la fiesta. Pero cuando estas planeando tu boda nunca te imaginas que algo malo pueda suceder justo ese día. Teníamos previstas unas carpas por si llovía, pero un aguacero de los buenos no entraba en nuestros planes. Y eso es precisamente lo que estaba sucediendo, así que como lo hubiera hecho cualquier otra novia no hice más que llorar y llorar. Dependíamos de algo incontrolable e impredecible.”

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Ante el panorama que teníamos, el cielo desplomándose, la gente del jardín decidió retrasar el inicio de la boda dos horas. Los del servicio meteorológico aseguraban que pararía de llover alrededor de las 7pm, por lo que ellos propusieron que podíamos hacer la ceremonia justo en ese momento.

Los invitados fueron citados a las 7pm. Poco a poco me fui quedando sola con mi papá en un apartamento frente a la playa que tenía vistas al mar y a la tormenta. Yo no entendía porque iban todos allí arriba si claramente se veía que la tormenta no iba parar, se estaba poniendo la noche y desde los ventanales del apartamento yo podía ver casi 180º de truenos por el cielo circundante. Pero claro, yo estaba demasiado confundida como para decir lo que en el fondo ya sabía que sucedería. Tener que cancelar tu propia boda es algo difícil de aceptar.

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Cuando ya estaban los 120 invitados esperándonos la tormenta arreció con más fuerza. Como no había un mejor sitio, tuvieron que resguardarse bajo un pequeño túnel que une dos partes del jardín, pero no fue suficiente para acoger a tanta gente. Mi madre, por ejemplo, fue una de las víctimas. Quedó completamente mojada. Horas de peluquería perdidas…

Los del catering repartieron cava a todo el mundo mientras el cielo se terminaba de desplomar. Los integrantes del grupo de música de Miquel cantaron y bromearon. Y ya os podéis imaginar: el alcohol, el calor humano la música y los nervios propiciaron que se armara una pequeña fiesta bajo ese túnel. Por el contrarío de lo que podría suceder, dadas las circunstancias, la gente estaba contenta. Los hubiéramos podido llevar a cualquier lugar y estarían bien.

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En cuestión de una hora la gente del Jardín consiguió que un lugar de banquetes en un pueblo vecino recibiera a nuestros invitados. Esto fue increíble, prepararon una cena para todos nosotros a la carrera y, honestamente, estaba deliciosa.

Pero mientras sucedía todo lo del túnel yo no hacía otra cosa más que llorar. Ya se imaginarán la tragedia a los ojos de la novia.

Fue demasiado frustrante para mí, después de todo el cariño y el tiempo que le habíamos invertido. Era como si todo ese flujo creativo hubiese sido cortado con violencia y sin alternativas. Claro, en ese momento yo no sabía lo que nuestros amigos habían estando gestando para nosotros y que además se estaban divirtiendo debajo de la lluvia.

Mientras yo lloraba mi novio gestionaba cielo y tierra para hacer que todo el mundo llegara al nuevo lugar, negociaba con los del catering, coordinaba con los del Jardín que al otro día se haría la ceremonia al mediodía y luego comeríamos el mismo menú que habíamos contratado (por supuesto la comida de ese día tocó tirarla toda a la basura y al otro día cocinar todo de nuevo)…

Me lo imagino corriendo como loco por el jardín, cosa que luego me contó, llenó de frustración y gritando bajo la lluvia para desahogarse. En conclusión, fue muy sorprendente para mí la forma como le hizo frente a todos los inconvenientes. Fue muy expeditivo, además lo hizo solo porque nuestros padres estaban en shock.

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Nuestro encuentro fue muy emocionante, Miquel fue a recogernos a mi papá y a mí para llevarnos al restaurante. Cuando lo vi, salí del edificio corriendo y llorando hacia él. Era la primera vez que nos veíamos vestidos de novios. Además, se suponía que a esa hora ya íbamos a estar casados.

Nos abrazamos muy fuerte bajo la lluvia. Su chaqueta estaba empapada, su cabello le escurría por la cara. Mi hermoso vestido de YolanCris se había arrastrado por el suelo sucio y mojado. En ese momento, aunque ya había plan B, recuerdo que nos sentíamos completamente derrotados y tristes. Lastima que no hay una foto, porque fue un abrazo muy intenso.

Cuando llegamos al restaurante, nuestros amigos habían preparado una canción para nosotros. Al entrar al salón la banda de Miquel empezó a tocar “No woman no cry” de Bob Marley y todo el mundo cantó mientras aplaudían. Un detallazo darnos cuenta que estaban allí llenos de amor y solidaridad con nosotros.

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Esa noche aprendimos una gran lección. Nosotros habíamos preparado una fiesta donde entregábamos muchas cosas a la gente, entre ellas un regalo muy especial: una obra privada creada por algunos actores del teatro de los sentidos para el matrimonio. Teníamos fotos de todos nuestros invitados cuando eran niños y los actores habían preparado una performance individual para cada uno de ellos, una reflexión linda acerca del paso del tiempo, vivir con alegría y perseguir los sueños.

El caso, es que esto se fue al traste, al igual que muchos otros detalles que habíamos planeado para los invitados. Pero a cambio recibimos de ellos un montón de sorpresas: un vídeo con mensajes de amor de nuestros amigos y familia (incluso estaban mis amigos y familia de Colombia), una canción que tocaron allí para nosotros, dos poesías, un Monopoli con nuestras caras, muchas palabras de ánimo, cariño, abrazos y besos… Aprendimos algo muy valioso esa noche: ¡Aprendimos a recibir!

Ese día bailamos hasta al amanecer y yo, aún en estado de shock, reía y lloraba por la manera extraña en la que se había ido mi “gran día”. Claro, sin saber que el gran día sería el siguiente.

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Al otro día el sol brillaba con nubes blancas, el pronostico decía que llovería de nuevo (cosa que nadie se atrevió a decirme) pero por suerte no sucedió así. El sol nos acompañó a cambio de la luna llena perdida.

El ritual que habíamos preparado no era religioso ni civil. Era algo salido de nosotros, puro y sincero. Nos escribimos nuestros propios votos y decidimos plantar un árbol en el jardín como símbolo de que el amor debe ser algo vivo que crece y evoluciona. Las circunstancias hicieron que fuera mucho más emocionante que si lo hubiéramos hecho el día anterior. Creemos que fue así porque todos estábamos muy movidos. A esas alturas ya habíamos vivido más de 15 intensas horas de boda. Así que hicimos nuestro ritual emocionados, llorando, casi en trance.

Todas las cosas que deberían preocupar a una novia ya habían salido mal. (Nuestros vestidos estaban sucios, mi peinado era el del día anterior, teníamos resaca de la fiesta). Así que qué más daba, estábamos allí, sin nada que perder, sin nada que aparentar, enfocados en ese ritual, en dar el corazón al otro, en decirnos sí, de ahora en adelante contigo.

Hicimos presentes a nuestros ancestros, nombramos a nuestras abuelas y abuelos, sin duda gracias a ellos estábamos allí. A medida que íbamos leyéndonos los votos veíamos como la gente se limpiaba las lagrimas. Los dos escribimos, sabemos como decirnos las cosas, pero lo que se generó allí superaba la emoción de escuchar algo bello. Había una desnudez de sentimientos impecable, estábamos siendo testigos y nosotros a la vez protagonistas de algo excepcional.

Y finalmente sembramos nuestro árbol. Reímos, nos abrazamos con una alegría desconocida para mí. A veces pienso en ese sentimiento y creo que tiene que ver con la idea de que para llegar a ese momento tienen que suceder muchas cosas en la vida de dos personas, y además todas estas tienen que encajar con naturalidad. Así que simplemente estar allí es una fortuna, pero más allá de eso, pienso que encontrar a un compañero de vida, en cierta medida, permite combatir la soledad a la que todos estamos condenados desde que venimos al mundo.

Cuando acabó el ritual, sinceridad fue la palabra que más escuchamos.

Nuestra reflexión, días después, fue que con nuestro matrimonio fuimos más allá de lo que es una boda, más allá de la imagen, de la perfección del acto social, de lo que quieres mostrar de cara a la galería.

Nos quedamos indefensos al no tener plan B, ante la incapacidad de controlar la situación y ante la avalancha de emociones que la lluvia provocó. Pero gracias a todo esto lo real emergió, lo verdaderamente importante quedó en evidencia. La vida, con su parte más clara y oscura a la vez. Nuestros sentimientos quedaron a la vista de todos, la tristeza y la felicidad más pura en menos de 24 horas. Todo muy intenso, real. No fue una boda de ensueño, fue una boda imperfecta, como es la vida la mayoría de las veces.

Finalmente, la fiesta del domingo fue muy alegre, como una comida campestre con amigos y familia. Hicimos conga por el jardín, nos quitamos los zapatos, bailamos mientras caía una lluvia delgadita, apenas refrescante. Los invitados con ropa de playa, al natural, sin todo el artefacto estético que conlleva una boda. Y, la verdad, me alegro mucho de que todo hubiese sucedido así.”

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Por el simple hecho de poder compartir historias como estas creé en su día este blog. Feliz de que novias de todo el mundo sigan confiando en mí. Gracias, Daniela y Miquel. Ha sido un placer conocer vuestra cápsula de felicidad.

{Fotografía: Pep Salvat. The Visual Partners (más fotos de esta boda, aquí)}